«El salón del Sanatorio estaba en el sitio de honor, daba de la
casa al jardín. Desde sus balcones, las noches de verano, veíamos la
hermana Pilar y yo los fuegos de la Guindalera o la salida de la luna.
Se convertía en dormitorio cuando el Obispo de Coria venía a
Madrid, a dormitar en el Senado, o cuando la Condesa de X venía de
Córdoba a que le arreglaran la vejiga averiada. Entonces le ponían
las hermanas una cama pintada de laca celeste, silla de lo mismo y
colgaduras granas, y la trinidad antes dicha seguía presidiendo el
ronquido de la parte animal –casi toda– del Obispo y los sobresaltos
de la Condesa jamona». (más…)
Categoría: Biblioteca Juan Ramón Jiménez
Soledades madrileñas
¡Quiero, he de hacer esto, y lo otro, y lo otro!… Y ante mí, todo entusiasmo y alegría, como si fuera luz mi sangre, y yo un verde roble milenario, blanquioro una vez más de primaveral aurora; el día verdadero de mi vida se me presenta largo, sin noche, eterno (porque la muerte es nada), con su bellísima mañana retenida, su mediodía de perene plenitud, su inmensa tarde abierta… ¡Mi vida de cada día! ¡Siempre sí, llena de pájaros altos la ardiente copa; siempre más! Como en esos antedías del día (en un viaje de madrugada, en un temprano desvelo), cuando, ya firme el cuerpo y dispuesta para luego el alma, nos decimos embriagados: Hoy haré esto, y lo otro; y ya es hoy (y lo estamos ya haciendo todo), un hoy azul y rosa en las blancas paredes a oriente, y ya lo estamos gozando; y aún no es hoy…
Autor: Juan Ramón Jiménez
Longitud de impresión: 57 páginas
Editorial: HMR
Idioma: español
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Figuraciones
Venus del mar de tierra de Castilla, apareciste en mi enconado pensamiento del empolvado retorno (¡mareante simón feo!), blanca, mate, acabada de subterráneos siglos; perla fresca sobre una loma que daba a un abismo; levantada tu dura desnudez a la vida (volaba mi futuro manto blanco) como en una sólida ola permanente. Eran realidad tus alcázares posibles, hermosas fábricas de piedra, lisos, netos, sencillos, sin esa menuda falsificación catalana que recoje el polvo; vencedores por adustez, por noble jeometría, por purísima y fuerte dignidad. ¡Qué bello todo, al fin; y nosotros (para siempre) qué felices! Subimos abrazados a una ancha torre, a tomar el aire del anochecer de la primavera que venía. Castilla paradisíaca y definitiva se perdía en el ocaso, en serio, dichoso, inmenso oleaje de lomas grises, violetas, azules; con un sol último de primitiva plata, que le derramaba (rompiendo las grandes nubes, en lenta fuga, del montón antiguo) una cristalina eternidad crepuscular. (más…)


