
FEDERICO UTRERA. Para mi generación -la del «baby boom» que ya atisba para algunos temerosos un incierto horizonte de jubilación- el final de la era analógica (siglo XX) afloró dos jóvenes poetas en Canarias de alta estima: Víctor Rodríguez Gago y Antonio Puente. Parecían la reencarnación contemporánea que a principios de ese siglo eran Tomás Morales y Alonso Quesada. Hasta que llegó Leopoldo María Panero, se afincó en la isla de Gran Canaria y arrambló con todo, arrinconando incluso al riguroso y asceta Sánchez Robayna como guardián penitente de Valente. Fue un cataclismo poético parecido al volcán de La Palma esto de tener a un genio, y además loco, en los aledaños, lo que hace imposible desbancarlo pese a la inutilidad de las escalas, que decía Juan Ramón Jiménez. Tres décadas después Antonio Puente reaparece en las cenizas de mi memoria -en realidad nunca se fue- con un libro memorable y una presentación genial en el Centro de Arte Moderno de Madrid, templo y museo de escritores, cueva de los ramonianos -entre los que me incluyo por vía consorte- y creación original de Claudio. Recién llegado a Madrid desde Argentina, a él mismo tuve el privilegio de comprarle un grabado de Norah Borges con el retrato de María Kodama -cuando los periodistas podían comprar cuadros-, que ella misma nunca me aceptó como regalo. Pero esa es otra historia… (más…)