En la imagen, Bill Viola ante una de sus obras.

En la imagen, Bill Viola ante una de sus obras.

Federico Utrera.

Decía Picasso que en épocas de pobreza moral, lo fundamental es despertar el entusiasmo. Sin alumbrar un amor ardiente ninguna vida y, en consecuencia, ningún arte, poseen significado. Y esto vale para la política, el periodismo, la literatura o la oratoria, que fueron concebidas como artes y no sólo como tareas de gestión, siempre mejor si son modestas y modernas. Lógicamente sólo los grandes genios (Leonardo, Vermeer, Franklin, Einstein, Cervantes, Shakespeare, Gandhi, Jesús, Mahoma, etc…) llegan a despertar entusiasmo en el público con sus actos, palabras o creaciones, pero también existe el ingenio y el ingenuo, con la misma raíz latina que genio. Esa genialidad cotidiana en la que apenas reparamos reside igual en un transporte puntual, una empleada de hogar eficiente, una cuidadora de ancianos cariñosa, un médico comprensivo, un abogado con empeño, un narrador sincero y fiable, el acto desconocido del político o el funcionario público que no se pliega y defiende el bien común, el maestro que no arroja la toalla… 

Inveterado escéptico, el nuevo arte que se avecina (body-art, instalación, perfomance, arte digital…) tropieza en sus primeros pasos del nuevo siglo con la experimentación, el cambio de soporte y de mentalidad. Apartados los noveles y los fraudes, queda poco margen para el entusiasmo del que hablaba Picasso al referirse al que aflora una obra digna de llamarse tal. Por esas y otras razones cada vez me gusta más lo clásico (pintura, teatro, literatura, poesía, escultura…) y lo contemporáneo si hunde sus raíces en ese conocimiento anterior que la mayoría de los mortales desatiende o desprecia. Hace unos días, un conocido articulista de un diario nacional presumía de no leer nada para no “intoxicarse” y lo fiaba todo a su intuición y discernimiento. No olvidemos nunca que habitamos un país donde la mitad de la población se jacta de su aversión a la lectura y a la cultura, presume de ello. Pero mientras esa mitad duerme y ronca, el arte experimenta otra transformación, si es que alguna vez dejó de hacerlo. Ya no se entienden los periódicos o revistas sin un aporte estético (diseño) y ético (credibilidad). En el siglo de internet con acceso libre y gratuito, información y pensamiento también pueden convertirse en arte si se expresan con rigor y se les da valor añadido. La tabla desplazó a las paredes de la cueva, el lienzo al retablo y el videoarte suplirá al papel. Si alguien no lo cree o se resiste a ello, Las Pasiones de Bill Viola se lo desmentirán: es una sorprendente exposición que acredita la genialidad de este moderno pintor de escenas, inspirado en la pintura del renacimiento, estudiada muy a fondo, y que curiosamente también siente de forma poderosa el influjo español: Goya, el Prado, Juan de Yepes, Teresa de Cepeda… A algunos ya no les deslumbra ni irrita la práctica de este pionero, que lleva varias décadas explicando que el mundo ha cambiado su visión, y ello arrastra a los soportes y a los tópicos. La emoción que la muestra exuda por todas sus pantallas, su documental divulgativo, los ensayos de Peter Sellars y John Walsh, la conversación del propio Viola con Hans Belting… hacen de estas Pasiones procedentes del J. Paul Getty Museum que ahora expone hasta mayo la Fundación La Caixa en Madrid, un acontecimiento extraordinario. Lástima que la nueva y ya célebre galería londinense Haunch of Venison, que anunció una nueva obra suya en Arco 05, finalmente no pudiera traer “Unspoken” (Tácito), un vídeo díptico proyectado sobre láminas de oro y plata que deleitará a los espectadores. Da igual, la noticia es que ha nacido un genio: se llama Bill Viola.