Editorial Hijos de Muley Rubio

Goytisolo, el extraviado

gsFederico Utrera

El último libro de Juan Goytisolo, España y sus Ejidos (Hijos de Muley-Rubio), nació de una conversación. Habíamos hablado por teléfono. Me había dejado un mensaje en el contestador, pero no podía devolverle la llamada, hubiera sido una llamada a ninguna parte. Sólo sabía que el espíritu de Juan Goytisolo rondaba Lavapiés. A los dos días, en plena vorágine promocional de Carajicomedia en Madrid, Goytisolo el arisco, el huraño, el temible, el egoísta o el ensimismado, insistía en localizarme, sin conocerme de nada, sin apenas referencias: «su carta me ha conmovido».

Primero innecesarias y sinceras disculpas por no haberme contestado a esa misiva, después innecesarias y generosas indulgencias que anteriormente me había ofrecido. Y por fin, al grano: El Ejido.


– Son cristianos viejos disfrazados de europeos nuevos. Por decir eso en un artículo me declararon persona non grata en El Ejido. Y votaron a favor PP, PSOE y hasta IU. Luego me escribió el presidente Chaves pidiendo disculpas, pero no es a mí ante quienes tienen que disculparse, porque sobre todo había que hacer algo. Una buena parte del pueblo de El Ejido no sabe ni quiere leer ni escribir, tras veinticinco años de democracia. 


La queja de alguien que nunca se ha quejado, el nítido lamento de alguien que nunca se ha lamentado. Usa viejos proverbios para definir el error de la situación: «No sirvas a quien sirvió ni pidas a quien pidió».


A mí no me gustan los refranes ni los tópicos para analizar situaciones actuales. No es el momento de los adagios sino de la formación y la información. «Malditos refranes, no quiero escuchar más» cantaba Gabinete Caligari. A Juan Goytisolo tampoco le gustan, pero los utiliza como el ultimo resquicio irónico de un alma que lleva clamando y anunciando esta desgracia 20 años, que se ha exiliado por ella, y que a los 20 años ahora vienen a escucharle y a darle la razón. El Ejido es sólo una derivada, quizás la peor o la más descarnada. El problema ha sido el tránsito de la dictadura a la democracia, porque ésta no se ha enseñado, sólo se ha diseñado. Y algunos sólo la han ordeñado.
Quedamos a desayunar el sábado, a las 9,00 de la mañana. Puntual como un británico, se lleva las manos a la cabeza: «¿pero no era por teléfono?». Pues no. En su hotel, a las 9,00 horas. Estaba bien claro. Cuando me dice que le acompañe al quiosco a comprar la prensa, me temo lo peor. Es un ardid que frecuenta para ahuyentar compañías molestas. Les pide que le acompañen a comprar el periódico y allí les despide y les da esquinazo. En el trayecto conversamos escuetamente.


– La prensa le llama Goytisolo el Africano…
– Para la Europa que estamos construyendo, mejor africano que europeo…


Siempre la ironía o el sarcamo en la boca. Compra El País y La Razón, entre otros diarios. Quiere informarse de uno y otro lado. Entramos en una cafetería de la Plaza de Alonso Martínez, casualidades de la vida, donde murió Colombine, otra exiliada republicana almeriense que sigue estando proscrita en su tierra. Me vuelve a reiterar que mi carta le conmovió, ese es el verbo que siempre utiliza. Cree haber podido visualizar que el político del PP que la turba confundió con el presidente de Almería Acoge, la oenegé que arropa a los árabes, pudo haber terminado ahorcado en la plaza pública y aplaudido por una masa enloquecida y enfervorizada. «Eso me ha conmovido…»
A mí tambien me conmovieron las imágenes. Las he visto de pequeño en Adra, en Almería, en Balerma, en Roquetas, en Los Molinos. Así linchaban a los árbitros cuando pitaban en contra del equipo local, así se dirimían disputas, así se deslindaban tierras. El ahorcado, una figura cotidiana en el Poniente almeriense, una fórmula habitual que usan los suicidas en la zona, está presente en mi memoria. Han sido demasiados cuentos, demasiadas noticias, demasiadas leyendas sobre el ahorcado como para olvidarse facilmente. El ahorcado, que no lo fue pero que estuvo a punto, conmovió a Goytisolo.


-Tienes que hablar con Beyuki, el presidente de ATIME (la asociación de inmigrantes marroquíes en España)
– Lo haré.


Abdel Beyuki, retengan este nombre porque vamos a tenerlo muy presente en los próximos años y lustros. Me interesó su libro La Transición política en Marruecos, presentado en la Asociación de Periodistas Europeos. Tuve noticia de él por Alberto Míguez, pero Goytisolo también me lo recomienda.


– Estoy muy preocupado por lo de El Ejido. No veo un enfoque correcto para paliar el problema.
– Yo tampoco. Me recuerda los momentos en que escribí sobre La Chanca y el preboste franquista de la época me señaló ante el barrio diciendo que eran necesarias mejoras, bienestar, paciencia, todo con la retórica franquista, y añadió que también hacían falta menos goytisolos, como si fuera una lacra, una enfermedad o una peste. Seguro que esa pobre gente lo entendió así, sin saber quién era Goytisolo.
Sonrisas mías y carcajadas interiores suyas, de esas que son tan típicas en él. Es la risa del hombre herido, curado, entristecido, encanecido pero nunca encanallado. Le cuento la anécdota de Paulo Coelho: hay que poner un geranio en la ventana para que el vecino por envidia plante dos, y el otro vecino tres, y otro encere la calle, y otro pinte las fachadas, y empecemos a suplantar el barrio gris, feo y triste que heredamos, por uno algo mejor. Le propongo firmar un manifiesto.
– Yo ya he decidido no hacer nada más de eso. El antiguo alcalde me propuso dar una conferencia sobre integración y tolerancia, pero ya estoy harto de que se hagan la foto conmigo y me utilicen. Sólo iré con Almería Acoge, con la Asociación de Mujeres Progresistas y con ATIME. Se acabó.
Seguimos conversando de la podredumbre moral y la nula eficacia de las autoridades académicas, culturales y educativas almerienses, que son de todos los pelajes políticos. El grado de miseria ha llegado hasta la alucinación colectiva, mientras una buena parte del pueblo se enriquece hasta extremos inimaginables pero sin saber leer ni escribir y con graves dificultades para expresarse oralmente. Sí, son una minoría pero, ¿acaso no es esa minoría la que ha enseñoreado el nombre de El Ejido, de Almería, de Andalucía y de España por todo el mundo en aquellos tristes sucesos de la noche del sábado 5 de febrero del año 2000?
– Mis amigos de Nueva York me dicen que en Estados Unidos dieron la noticia abriendo los informativos de televisión con el siguiente titular: «Arde España». Estamos igual que hace 30 años.
– No, estamos peor. El problema no es que los políticos y funcionarios demócratas se comporten culturalmente como los prebostes del franquismo que abominaban de los «goytisolos». El problema es que podemos retrotraernos 500 años. Nos olvidamos de que tras los fastos de 1492 vino la persecución de los moriscos por las Alpujarras y después su expulsión…


Goytisolo asiente cabizbajo, sin dejar de mirarme con esos ojos turquesa que escudriñan el pensamiento. Cualquier mentiroso quedaría al descubierto tras ser examinado por esos ojos. Ni siquiera ha leído el manifiesto dirigido a las gentes honradas y sensatas de El Ejido y de Almería y me dice que respalda moralmente la iniciativa, aunque me deja entrever que su frente es el europeo, la opinión pública mundial. La situación es tan kafkiana que su firma puede ser contraproducente en esta provincia porque es la rúbrica de un disidente, de un heterodoxo, de un proscrito. 


– Sé muchas cosas por José Angel Valente, a quien cuidaba una monjita que es de El Ejido. Yo fuí uno de los culpables de su viaje a Almería. Le dije que era un sitio tranquilo, acogedor, cálido, tolerante, abierto… Y mira en lo que se ha convertido. Yo estuve en El Ejido en enero de 1998 y ya me di cuenta de lo que pasaba, lo dejé escrito…
Valente le había referido una conversación que escuchó de un señor mayor apostado en una cabina telefónica de Almería. Le decía a su interlocutor que «todos los argelinos son unos ladrones». El poeta le reprendió, le dijo que no era exacto, que todos los hombres no son iguales, pero el almeriense sólo acertó a responder: «don José Angel, que yo no soy racista».


Sonrisas, que son sólo muecas del alma avinagrada por las circunstancias, penosas circunstancias. Almería ha sido el aldabonazo en la conciencia colectiva, pero existen otros lugares «elegidos» para la convivencia. Alberto Míguez vio el otro día cómo apaleaban a un argelino en la Gran Vía al sorprenderle robando. Yo mismo vi en una madrugada madrileña de cuya fecha no quiero acordarme a un grupo de niños árabes, de entre 10 y 14 años como máximo, deambular por el dédalo de siniestras autopistas periféricas cercanas a la Casa de Campo. La imagen me sobresaltó. Bien vestidos y aseados, pero inconfundiblemente magrebíes (los peristas y estraperlistas los usan para robar ropa cara en los grandes almacenes), habían formado un pequeño clan para sobrevivir en la gran ciudad y defenderse de sus mayores. A dónde iban a esas horas o lo que pretendieran hacer no es cosa de literatos sino de cineastas. «Erase una vez en América», la película que dirigió Sergio Leone y musicó Ennio Morricone, también almerienses de adopción, fue lo primero que me vino a la memoria. Y ese cine me recuerda otra época dorada de Almería, cuando «El Habichuela», entrañable personaje y «extra» en todas las películas rodadas en el desierto de Tabernas, aparecía en la gran pantalla y era vitoreado por nosotros en los cines de barrio con más énfasis que John Wayne o Elisabeth Taylor. Y es que lo de matar la gallina de los huevos de oro es algo característico de una ciudad cuyos vaivenes históricos son cadenciales. «El Habichuela» murió sin el más mínimo reconocimiento; yo lo vi mendigando por las calles del Zapillo con la salud quebrada. 


¿Ocurrirá esto de nuevo en Almería? Quizas ya esté ocurriendo y seamos miopes. Goytisolo me cuenta que fue el antiguo presidente de la Diputación, Tomás Azorín, quien a regañadientes había aceptado la conversión de Níjar-Cabo de Gata en Parque Natural, frente a los intereses especulativos de los constructores y de la propia Diputación. Una comisión del Parlamento Europeo había logrado salvar el Parque de las garras urbanísticas, que hincan todavía sus uñas en forma de invernaderos, y éste hombre, tildado de progresista, no estaba de humor. Al acto iba a acudir Valente, impulsor de la iniciativa, pero se retrasaba. Y Azorín esperaba junto a los eurodiputados franceses, belgas y alemanes, que venían a avalar el salvamento ecológico, ignorando que uno de ellos conocía perfectamente la lengua española. Fue llegar Valente y el presidente, entonces temido en Almería, espetó a un subalterno:


– Ahí viene el hijo de puta ese.
El eurodiputado que estaba a su lado conocía el castellano y se alarmó. ¿Quién era ese político local que insultaba con odio a un poeta? La muerte de Federico García Lorca seguía estando muy presente. Pero no fue la única afrenta moral que sufrió el discípulo de San Juan de la Cruz que vino a Almería caído del cielo y que los torpes, ciegos de envidia, ignorancia o codicia, ignoraron o manipularon hasta llegar al hartazgo. Se podrían contar muchas más. Goytisolo cuenta las suyas propias:


– Nunca pedí nada a la Diputación a cambio de cederle mi fondo manuscrito y bibliográfico. Ellos tienen mi obra desde 1979 a 1990, porque lo anterior está en Boston. Pero desde que ocurrió todo esto he dicho que ya no tendrán nada más. Cumplo lo de «Santa Rita, Rita», pero se acabó.


El motivo no es baladí. Una nueva felonía con transfondo xenófobo o racista. Mientras la Almería ilustrada, política y funcionarial presume de haber domesticado al escritor porque dice conocer el supuesto tráfico de influencias entre Goytisolo y la Diputación, fabulando una ignominiosa versión en la que mezclan homosexualidad, favoritismos y oscuras complicidades, Goytisolo me lo cuenta con naturalidad:


– Nunca les solicité nada pero en una ocasión les dije que quería sólo una cosa. Unos buenos amigos de Marraquech me dijeron que ayudara a su hijo a pasar el Estrecho y a trabajar en España. Era su ilusión y no querían que arriesgara la vida en una patera. Conocía a su hijo, a sus hermanos, a sus tíos, son gente honrada y educada de Marraquech. Le pedí a la Diputación que acogiese a este joven. Me reunieron con el vicepresidente y el alcalde de Lubrín, socialista también. El tipo, malencarado, me daba mala espina, pero bueno, tampoco era cuestión de exigir. Me dijeron que colocarían a este inmigrante en el servicio de limpieza del pueblo. Estuvo un año allí, pero las cartas a su familia eran enigmáticas. No se quejaba, pero tampoco mostraba alegría. Hasta que un día cogí un vuelo y me acerqué a Almería.
Goytisolo se encontró un panorama desolador. El marrakchí, único inmigrante entonces en Lubrín, se había encontrado con que sus compañeros de cuadrilla le hacían el vacío: «¡que trabaje el moro!». Y el moro, además, tenía que cuidar la granja municipal situada a siete kilómetros a pie, en una de cuyas habitaciones dormía, a cambio, gratis. El colmo fue que el chico se quejó un día de que las cartas le llegaban abiertas. Y eso desencadenó su huida. Se lo refirió al propio Goytisolo, que asombrado le preguntó qué le dijo al alcalde:


– Le dije que por qué me abría las cartas si no sabía francés ni árabe.


La ironía es un arma letal. Vuelve la carcajada interior de Goytisolo, que sería lamento o lágrima si no fuera tamizada por la virtud, por la inteligencia, por la cultura, por la educación, por el civismo. Y todavía pasa en España por minoritario, proscrito o ensimismado. ¿A quién demonios no le interesa aún que se lea a Goytisolo? ¿Seguirá la maldición del escritor censurado y perseguido también en democracia? ¿Qué está pasando? ¿Se nos oculta algo?
El amigo marrakchí se fue a Barcelona, donde Goytisolo le buscó trabajo y ahora intenta vivir y trabajar en paz, con dignidad de ser humano. Retomamos El Ejido y trato de combatir su escepticismo con evidencias:


– No son tantos. Pongamos que sean los 15.000 que han firmado el manifiesto del alcalde Enciso. Si El Ejido tiene un censo de 50.000 personas y al menos existen otros 10.000 magrebís sin censar, tenemos una amplia mayoría silenciosa de 35.000 personas.
– Si son una minoría como dices, pasa como en el País Vasco. Es la minoría que grita, que quema y que amedrenta.
– Pero en el País Vasco se estan echando a la calle…
– Y En El Ejido habrá que hacerlo también…


El escritor me narra las interioridades de El Ejido. Los secretos de confesión que parece poseer son de una exactitud asombrosa. Yo conocía algunos de ellos como periodista, pero ni me imaginaba su calado oyéndolo en la boca de este cadí de las letras españolas.


– Quieren sustituir a los magrebíes por los centroeuropeos y no saben lo que viene detrás. Lo que existe en Bosnia lo conozco bien. Detrás están las mafias rusas, nos llegará lo peor de lo peor. En El Ejido están ofreciendo en los prostíbulos a chicas estupendísimas de 18 años procedentes del Este, pero no saben que detrás está la mafia rusa blanqueando. Han hecho pintadas diciendo «Moros no, Rusas sí». Es lo mismo que en Ceuta y Melilla, que cambian más divisas que Madrid o Barcelona. Y los políticos permanecen en silencio.


El Ejido ciudad sin ley, El Ejido ciudad xenófoba, El Ejido ciudad racista, El Ejido ciudad rica… ¿Podremos convertir El Ejido en la ciudad abierta, tolerante, plural, sabia y emigrante que siempre fue? Goytisolo anima a la sociedad civil a retomar la causa del sentido común. Él mismo recuerda cómo en 1967, junto a su compañera Monique, paró en El Ejido, entonces 200 habitantes, y unos nativos le pidieron por favor un trabajo en Francia «de lo que sea». Hablamos de su antiguo libro España y los españoles y de su último capítulo, lúcido, clarividente, profético. Me hace la prueba del algodón, que tanto le gusta, y me dice que se lo cuente.


– Usted dijo que todo el problema venía de la estructura de la tierra, de la explotación, y daba igual el latifundio que el minifundio, que los contratos fijos sólo alcanzan el 10% de la mano de obra y que el 90% restante es inestable, itinerante, siempre pendiente de las condiciones esclavistas.
– Pero ahora están peor…
– Están peor porque ahora está todo más masificado y hay más dinero, pero si sustituye usted la palabra «andaluz» por «magrebí» verá como la situación del campesino es la misma que hace 30 años. Antes labraban la tierra los andaluces y ahora lo hacen los marroquíes, pero los padecimientos son los mismos.
– El último capítulo fue escrito en 1979 y se añadió a la edición, que es de 1969. Efectivamente dice eso.
Goytisolo me firma Campos de Nijar, aquellos campos «que tanto han cambiado». Apura el té con churros («En Marraquech son como buñuelos, no están tan rellenos de masa pero son muy parecidos. También me gusta la tortilla de patatas, que allí no saben hacerla»). Vuelve a Marruecos pero hace escala en Barcelona y en Nueva York, donde permanecerá unas semanas. Es la vida de un trotamundos que ahora ve cumplir sus malos augurios, al que nadie hizo caso, que está todavía perseguido, silenciado, censurado y hostigado en El Ejido y Almería, como antes lo estuvo en toda la España de Franco. «En 20 años el abandono educativo y cultural ha sido de tal calibre que me avergüenzo», me confiesa con lamento. Los apocalípticos ven en esta situación una futura Bosnia española, y quiera Dios, Alá o los propios almerienses que estos visionarios no tengan razón: «los inmigrantes extracomunitarios son apenas el 0,7%, sólo vienen a trabajar en tareas que los españoles no quieren, agricultura, pastoreo, limpieza, construcción… ¿Qué ocurrirá cuando lleguen al 8% como en Francia?».
– En El Ejido superan el 30%.
– Sí, es cierto.


Y con esa certidumbre, que nos pesa como una losa, apostamos por la palabra, por la cultura, por la educación y por las letras, cada uno en su ámbito, y el suyo afortunadamente es el europeo, el global. 


La palabra, el verbo, la escritura, la lectura, el libro. Son las únicas medicinas posibles. Dos pueblos enfrentados por culpa de su autismo, de su incomunicación, de los tópicos y de la ignorancia. Una bomba de relojería adosada a los pilares de una provincia, mientras los políticos se afanan en construir carreteras, puentes, estadios, túneles… El pueblo quiere leer pero no sabe por qué los poderes públicos no enseñan, sólo ofrecen pan, coches, fútbol y televisión. Y si no lo arreglamos nosotros, terminaremos exiliados con Goytisolo en la Plaza Jemaa El Fna de Marraquech.


– Nos volveremos a ver en Almería.
– Mejor en El Ejido.
– Eso lo veo más difícil…
– Quizás ese día El Ejido haya cambiado.
..

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