Editorial Hijos de Muley Rubio

La Chanca: Barrio judío

La Chanca, por Carlos Pérez Siquier
La Chanca, por Carlos Pérez Siquier

Florentino Castro Guisasola (Oviedo, 1893-Almería, 1945), filólogo y erudito, discípulo de Menéndez Pidal, es un caso paradigmático de autor cuya valía intelectual es inversamente proporcional al nivel de conocimiento popular. El siguiente texto reproduce dos artículos publicados en La Independencia, los días 27 y 28 de marzo de 1935, que dan muestra de su interés por aspectos históricos de la ciudad que lo acogió y de la cual no quiso nunca marchar, a pesar de reiterados requerimientos académicos que lo reclamaban fuera de una tierra aislada. 

Florentino Castro Guisasola

Separada del cerro de la Alcazaba y del barrio de San Antón y plaza de Pavía por la Rambla del Puerto, llamada oficialmente de Maromeros, se alza a orillas del muelle próxima a la escollera de poniente la reducida pero populosa barriada de San Roque.
Antiguamente se denominaba barrio de la Chanca, o simplemente La Chanca, como se ve por el Acta del Cabildo Catedral de 11 de mayo de 1674 en que “se autoriza a los Curas de San Sebastián para que digan misa en La Chanca a la gente de la Almadraba”.
Por cierto que ese nombre de la Chanca no siempre ha sido entendido. Así no ha mucho lo he visto explicar como corrupción de “charca” porque por su rambla hasta hace muy poco penetraba formando un rebalío el mar. Y don Francisco Jover, en Las calles de Almería (1913), después de anotar que según don Leopoldo Eguilar en su Glosario etimológico chanca es “chancla” en castellano, añade que “según Simonet es corrupción de ‘zanca’ y parece lo más acertado”.
Nada más desacertado, sin embargo. Llámase “chanca” en los pueblos del litoral de Andalucía la barriada, casas y almacenes de la salazón de pescados, y así Horozco en su Historia de Cádiz la define: “casa o almacén donde se guardan las barcas y demás pertrechos de la almadraba, y donde están las pilas donde se sala, se embarrila y se guarda el atún”, y la misma explicación ha dado recientemente el señor Alcalá, Vocabulario Andaluz (Andújar, 1934), en la voz “chanca”: “Reunión de edificios en una almadraba; pila o aljibe descubierto para poner el pescado en salmuera en las fábricas de salazón”.
Es por lo tanto término propio de las almadrabas; y que la de Almería estaba junto a San Roque se desprende del acta capitular antes citada.
Aún hoy día en Almería en la Almadraba de Monteleva junto al Cabo de Gata hemos oído decir “enchancarse el pescado”, cuando se mete entre las muelas.
En cuanto a la barriada y rambla de La Chanca, siempre han tenido -no sé con qué fundamento sólido- fama de atesorar grandes riquezas. A la primera (llamada también barrio de la judería) se la calificaba en 1884 en la Revista de Almería (pág. 570) de “centro de tesoros de grande estima”. Y por lo que hace a la rambla, no una sino muchas veces lo ha dicho nuestro actual cronista, llamándola a la morisca “Cuades-al-Kassaubah o Rambla del Tesoro” y también “Barranco del Caballar, palabra esta última que procede por corrupción de la voz árabe Kassaubah, o sea sitio recóndito y defendido, donde el rey guardaba tesoros y riquezas” (Santisteban, Historia de la Alcazaba) y por ella supone que vino a Almería en 1489 la reina Católica, pues afirma en su Historia cronológica que entró el ejército dividido: una parte con el Rey Fernando por la carretera que venía por el Chuche, atravesando los montes de los Callejones, y otra con la Reina Isabel I por el Barranco del Caballar, corrupción de la palabra Kassaubah, tesoro”.
Sea o no fantástico esto de las riquezas de La Chanca quizás debido a hallazgos en las sepulturas de que ya hablaremos, lo que no cabe dudar es que era el cuartel de la población habitado por los judíos, y que su actual parroquia de San Roque -ermita antiguamente- fue en épocas anteriores una mezquita auténtica.
Esto último lo dice y prueba Orbaneja en su Almería ilustrada (pág. 137 de la primera parte) y a su testimonio me remito. También él nos enseña que allí estuvo enclavada la judería, pero este punto merece párrafo aparte.
Que el barrio de la judería de Almería estaba situado “al otro lado de la Rambla del Puerto” o de la Chanca, y que fue uno de los destruidos por el terremoto de 1522, lo dice expresamente Mariano J. De Toro en su Memorial de las vicisitudes de Almería (1849, pág. 8).
Antes de él Orbaneja, hablando de las ermitas que permanecían en su tiempo, nombra “la de San Roque, en situación que llaman la Chanca, a la entrada de la Judería”, “en el sitio que hoy (fines del siglo XVII) llaman la judería”, dice más adelante.
No sin fundamento el infatigable y celoso cronista de nuestra ciudad en una Descripción de Almería durante la dominación árabe que publicó en 1931 (disfrazando con vocablos arábigos, mediante ayuda -creo- del arabista Gestoso, los nombres cristianos de esta población), no sin razón -digo- mi querido amigo Santisteban entre las divisiones de Almería coloca la que él denomina “el Mel-lah o Hauma Li-a-hud (en cristiano: distrito o barrio de los judíos), encerrado entre murallas y torres, pasando el Cuades-al Kassaubah o Rambla del Tesoro: dicho barrio judío comprendía el actual de San Roque (hasta aquí estamos de acuerdo), y según afirma el cronista Jover (y era menester que lo hubieran probado) tenía en san Antón su sinagoga o Mesel-la Li-a-hud (iglesia de los judíos), aunque estaba fuera (bien se ve) del contorno del Mel-lah y con puerta de entrada (¿éste o la sinagoga?) por donde hoy se llama calle de Terriza, según comprueba el arco de herradura aún existente”.
Prescindiendo de este antiquísimo arco de herradura, que confieso no he logrado contemplar, tiene razón completa mi excelente amigo en situar la judería -como Toro y Orbaneja- en el barrio de San Roque.
Entonces ¿no hay quien afirma que el altozano o llano que se yergue a un lado de la Rambla de la Chanca frente a la calle o Casas de Terriza es una necrópolis mora y no judía? Y ¿no hay también quien opina que aquello más bien que un camposanto debió ser un barrio con viviendas de los que hundió el movimiento sísmico de 1522?
Tal dicen, mas no sé con qué razón concluyente.
Que aquello es un cementerio parecen comprobarlo los numerosos cadáveres encontrados allí y las camarillas -a modo de sepultura- desenterradas no ha mucho y ahora a flor de tierra. En verdad que es sorprendente la factura, grosor y enlucido de los muros que separan esos compartimentos, y que históricamente es posible lo de la barriada soterrada por la sacudida telúrica; pero una tradición constante asegura que es necrópolis. Y que sería hebrea, y no mora, se arguye de su emplazamiento en la barriada judía.
Sobre ambos extremos, mientras una seria excavación (que sería interesantísima según nuestra creencia) no los esclarezca del todo, estimamos que arroja bastante luz el siguiente pasaje de Orbaneja (parte I, pág. 147):
“Hallo confirmada esta tradición (la de que recién fundado el Convento de Santo Domingo hubo en él estudios de las lenguas arábiga y hebrea) en el sitio que hoy llaman la Judería, la cual está debajo de la Alcazaba con el resguardo de su artillería: es el sitio muy grande y capaz, cercado de murallas y torres, reconociéndose de ellas su misma antigüedad”.
“Cerrábase todas las noches, y, según lo que coge la cerca, cabían en su distrito más de quinientas casas; y fuera de ellas está una planicie, que baten las orillas del mar (recuérdese que el mar entraba por la Chanca), donde tenían sus sepulcros de argamasa, que hoy cada día se descubren; y lo he visto infinitas veces en todo el campo que linda con la Ermita de San Roque, que hoy permanece, donde se hallan innumerables huesos y otros vestigios hebraicos”.
Estos vestigios desgraciadamente han desaparecido, pero en busca de otros nuevos -hoy que tan alto valor tendrían- debería intentarse una formal exploración, que creemos podía dar gran resultado.

Bibliografía
Florentino Castro Guisasola dirigió y costeó la biblioteca de autores almerienses, en cuya colección publicó una Antología de poetas almerienses del s. XIX, con anotaciones bio-bibliográficas (1935), habiendo dado a las prensas con anterioridad un ensayo titulado Literatas almerienses musulmanas (1932). Clásicos son, por otra parte, sus estudios de crítica textual centrados en La Celestina y el Libro de Buen Amor, trabajos admirados por especialistas de la valía de Dámaso Alonso o Alan Deyermond, si bien su pasión por las ciencias humanísticas le llevó a también a investigar diversas fuentes de la literatura y la gramática latinas, así como el euskera, idioma sobre el cual dejó inacabado a su muerte un Diccionario etimológico

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