Editorial Hijos de Muley Rubio

Federico Utrera relata la leyenda del fotógrafo Carlos Pérez Siquier

«Cordel de Extraviados», la revista cultural que pusieron en marcha el poeta José Luis López Bretones, el artista visual Carlos H. Valera, el maquetador Alfonso Lázaro y el editor Federico Utrera. A su presentación acudió Carlos Pérez Siquier.

FEDERICO UTRERA. Se hace difícil resumir mi larga relación con Carlos Pérez Siquier, fotógrafo, fundador del Grupo AFAL y Premio Nacional de Fotografía, fallecido este martes 14 de septiembre de 2021. Imágenes que se agolpan en mi memoria: presentación de nuestra revista «Cordel de Extraviados» en la Galería Acanto de la calle Javier Sanz, al lado de la casa de mis abuelos, el Dr. Juan Martínez Sicilia y Virginia Muley, (construcción histórica desgraciadamente destruida por la piqueta), donde pasé mi infancia. Charlas en su casa y en la Librería Picasso sobre su malentendido personal con Juan Goytisolo sobre La Chanca, mis entrevistas con él para Radio Exterior de España, intercambio de conversaciones y emails (a ese curioso siquierimagina@) para la cesión de su fotografía que ilustraría mi libro -aún inconcluso- que recoge mis artículos sobre Fotografía («Buenas tardes, Federico: Estoy pendiente de que me pases tu teléfono y la hora que estas disponible para contarte algunas incidencias sobre la foto de portada que, a mi parecer, considero acertada»). Y los paseos, muchos paseos por el Paseo -intencionado pleonasmo–, la Rambla donde vivía, la playa del Zapillo o de Cabo de Gata y otros rincones de la Almería «subtopical» que dibujó con el ojo de su cámara.

«Campos de Níjar» y «La Chanca» en las ediciones de Feltrinelli (Italia) y Gallimard (Francia)

En «Siquier y Goytisolo, un Malentendido Histórico» contaba como la excelente exposición del fotógrafo Carlos Pérez Siquier que se clausuró en Madrid debía haberse visto también en Almería. Hecho el gasto por la Fundación Telefónica, sólo la desidia, la ineficacia o las bajas pasiones de los programadores y gestores culturales impidió que esa muestra fuera accesible para aquellos que carezcan del dineral que supone aún hoy ir en avión a Madrid o de las extremadas dosis de paciencia necesarias para viajar en tren hasta la Villa y Corte. Como siempre, las fotografías de La Chanca fueron la “estrella” de esta retrospectiva (¡ay de la “nueva” Chanca: se trataba de acabar con el tracoma, no con las cuevas!) y es sobre un sustrato literario y ya histórico que envuelve estas imágenes sobre lo que merece la pena detenerse. Desvelaba Siquier, en el magnífico catálogo de la muestra, que el franquismo le persiguió y arrestó por esas fotos creyendo que era algo así como el “enlace” de Juan Goytisolo en París, pues su primera edición del libro “La Chanca” (Librairie des Éditions Espagnoles (1962), anterior a «La Chanca, précédé de Terres de Níjar» de la Ed. Gallimard, año 1964, traducido en París por Robert Marrast) se hizo en Francia con fotos anónimas –y según Siquier, bastante malas-. Las mismas que recogió la prepublicación del semanario «Destino» (1961) en pleno franquismo. En el año 2006 se cumplieron 50 años del primer viaje del escritor por estas tierras (donde fecundó varios libros sobre La Chanca, Níjar y El Ejido), pero hasta entonces Goytisolo seguía pensando que el fotógrafo apócrifo de aquel libro suyo era Pérez Siquier, de quien suponía que había enviado clandestinamente su trabajo a la editorial francesa. Por fortuna, pude sacarle de dudas y, deshecho el malentendido, el propio escritor era incapaz de recordar quien demonios hizo esas instantáneas, aunque me aclaraba que él seguro que no fue porque “en aquellos tiempos era difícil ir con una cámara a La Chanca y salir de allí con ella”.

Pérez Siquier y Goytisolo: el novelista pensaba que las imágenes de su libro eran del fotógrafo y este se enfadó por la errónea atribución, que le causó problemas. Federico Utrera les deshizo el malentendido porque hasta entonces su relación no era demasiado cordial a causa de este malentendido.

Quizás tanto como hoy. Siquier se desmarcaba en el citado catálogo de la novela homónima porque, a diferencia de su trabajo, “Goytisolo acentúa aquellos aspectos que mejor ilustran sus ideas”, mientras que el arte fotográfico que él defiende “tiene que ser neutral y no inducir una idea preconcebida”. Sin embargo, más adelante se contradecía al apuntar que “el verdadero reportaje no debía limitarse a representar áridamente un acto o situación física. Debía de interpretar, «inmunizando con su sensibilidad la realidad cotidiana para imprimirle su visión intrínseca”. Tuve entonces el atrevimiento de precisarle que un mal de esta época residía en exigirle al artista cualidades “intelectuales” que no tiene por qué poseer. El descrédito de los “intelectuales” al uso obliga a los artistas a desempeñar ese papel que de su autenticidad parece desprenderse, pero es un error extendido y grave. Simultanear ambas facetas –artista e intelectual- está al alcance de muy pocos, y en nada desmerece a un artista carecer de cualidades “intelectuales” como nada añade a un intelectual que a su vez posea veleidades “artísticas”. El debate excedería mucho el límite de estas páginas, pero existe abundante aparato teórico al respecto que sin duda aburriría a las mismísimas piedras de la Alcazaba, pero que está al alcance de cualquier curioso que, como el que suscribe, siempre que me interesen, disfruto tanto con los “ladrillos” eruditos de amplio calado y volumen como con los artículos y novelas más ligeras. Aunque lo ideal, también como siempre, sean los mestizajes e híbridos entre ambos formatos.

Fotografía apócrifa de la Chanca en el libro de Juan Goytisolo recogida en la investigación de Manuel Moya Guirado. Pérez Siquier le dijo a Federico Utrera que eran «muy malas»

En esto quizás una de las pocas excepciones patafísicas sea precisamente Juan Goytisolo, relegado en la muestra de Siquier a las traseras habitaciones de la magna sala madrileña. Sin duda tanto por pudor -para no aprovecharse de su celebridad- como para anotar que esas fotografías de La Chanca fueron anteriores al libro que, en todo caso, le perjudicó, como dice Siquier. Pero mas allá de esta sana polémica que hace aún más necesaria la visión y la lectura de ambas obras y dado que la excavadora de la “modernidad” acabó con una parte de La Chanca (¡oh Sacromonte, oh Albaicín, oh Guadix, que destino tan distinto habéis gozado, cantaría aquel joven llamado Muley, hijo pequeño de Boabdil!) reitero lo sustancioso: la exposición de Pérez Siquier debería verse en Almería cooperando todas las instituciones culturales de diferente cariz político y estético en hacerlo posible. Sería el mejor homenaje póstumo a su figura.

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