Berlanga y Blasco Ibáñez, tal para cual

Berlanga y Blasco Ibáñez, tal para cual

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El cineasta Luis García Berlanga, autor de una memorable película sobre el inmortal escritor valenciano, pronunció este discurso en el Congreso con motivo de la presentación del libro ¡Diputado Blasco Ibáñez! Memorias Parlamentarias, de Federico Utrera. Este texto inédito bien podría completar la última biografía de este director (Cátedra. Signo e imagen). 

Luis García Berlanga

He de confesar que tenía cierta emoción al acudir hoy aquí -yo, que tan poco dado soy al sentimentalismo- porque pensaba que en este acto de presentación iba a poder hablar en un recinto donde mi abuelo, con Sagasta, y mi padre, con Martínez Barrios, terminando el ciclo de los políticos García Berlanga hasta la Guerra Civil, habían desarrollado su labor de senadores o diputados en todas las elecciones (lo cual me hace pensar que ambos serían algo así como “caciques”, aunque yo el caciquismo también lo defiendo, desde cierto punto de vista, claro). 


Resulta curioso que mi abuelo, Fidel García Berlanga, aun siendo un hombre liberal y lo que hoy podríamos llamar “de izquierdas”, estuvo siempre enfrentado con Blasco Ibáñez, supongo (aunque no puedo afirmarlo con rotundidad) que porque éste era, más que nada, “municipalista”. Y de ahí precisamente deriva uno de los aspectos por los que más admiro al escritor: porque cuando los blasquistas pudieron acceder al ayuntamiento de Valencia la ciudad experimentó un gran progreso en todos los órdenes. También recuerdo que mi padre nos contaba que cuando él intervino en la sublevación contra el general Primo de Rivera conocida como la “Sanjuanada”, mi padre y sus seguidores estaban esperando que llegara a Valencia el manuscrito del famoso “Manifiesto Blasco”, que debía arribar por puerto, escondido en los toneles de un barco. Y recuerdo que mi padre, que no medía a Blasco con la admiración y la grandeza con que yo lo hago, solía decir: “Blasco cree que va a ser presidente de la República, pero de eso ni hablar”. De ahí que en la película mía sobre Blasco Ibáñez, que es una aproximación a su biografía con ciertos elementos y personajes inventados, creara una escena en la que Unamuno y Alba (si bien tampoco puedo asegurar que fueran ellos realmente) van a pedirle a Blasco Ibáñez que redactase ese manuscrito para preparar la sublevación; y yo manifestaba ahí su desaliento a partir del momento en que él se da cuenta de que no va a poder convertirse en presidente de la República.


Lo cierto es que con Blasco tengo bastantes aproximaciones: yo también soy oriundo por parte de madre de Teruel y tengo además su misma inclinación hacia el erotismo vivido, aunque él desde luego lo vivió mucho más que yo, realmente. Precisamente éste ha sido uno de los aspectos por los que más se ha atacado mi película, hasta llegar casi a ser agredido físicamente, porque hay familias que sacralizan a sus antecesores de tal forma que no hay manera de acercarlo a su propia vida real, de hacerlo de carne y hueso, y yo lo que pretendía era crear una biografía, una aproximación casi como si hubiera cogido a Blasco del brazo y nos hubiésemos ido juntos de copas y de putas. Y aun así pienso -y esto lo digo admirativamente- que hasta me quedé corto. Lo que sí les puedo asegurar es que yo creo haber hecho más por Blasco con mi película y mis series de televisión que la propia familia del escritor y algunos de los blasquistas de mi provincia, que siguen adorándolo y arrodillándose todos los días ante él como ante un altar, siendo precisamente un hombre tan poco amigo de lo religioso como el propio escritor era.


Quiero manifestar que Blasco ha sido para mí, más que un mito, una especie de antecesor mío familiar. Era un hombre que se entregaba absolutamente y que se enfrentaba con el máximo de sus fuerzas a todo lo que le pudiese parecer injusto. Por encima de todo, Blasco era un hombre apasionado, le movía la pasión por todas las cosas que tenía al alcance de la mano. Nada más llegar a Madrid (recordemos que lo hizo como amanuense de Fernández y González, célebre autor de folletines) cumple su primera pronunciamiento político continuador en buena medida de esa agitación en la que ya había participado en Valencia a nivel estudiantil, de revueltas, etc., lo que le lleva a ingresar en el mundo parlamentario. Y ya en el terreno de las anécdotas, estaba pensando ahora en el discurso que hizo cuando salió a la calle en defensa de unos obreros, aquí en Madrid, y entonces un “tenientecillo” de los que habían acudido para aplacar esa revuelta vapuleó un poco a Blasco; inmediatamente entró éste en el Congreso para denunciar lo que le había pasado (y ésta es una de las cosas más increíbles, porque demuestra también los grandes peligros del corporativismo) y, de resultas, el ejército le retó a duelo; pero en vez de enviar a ese “tenientecillo” causante de la denuncia, el ejército le asignó como rival otro teniente que había sido campeón mundial de tiro. Y en ese maravilloso duelo (porque entonces había duelos de verdad, incluso en política, y no como ahora, que son sólo verbales y además de muy bajo nivel) sucedió una especie de “milagro”, porque la bala que iba dirigida contra él chocó en la hebilla de su pantalón, librándolo de una muerte casi segura. En otro duelo que tuvo (recordemos que Blasco participó a lo largo de su vida nada menos que en 17), cuando ya los contrincantes se habían batido y nuestro escritor yacía herido en el suelo, se le acercó su rival y le confesó que admiraba muy sinceramente su literatura, sus grandes novelas, etc. Y entonces Blasco le repuso: “pues ha estado usted a punto de cargarse la fábrica”.


De Blasco Ibáñez admiro también profundamente esa especie de arco que se da en su obra, que abarca por sus dos extremos desde sus primeras novelas valencianas hasta esa otra parte cosmopolita que tanto me ha fascinado siempre. Además -y todos los que estamos metidos en el mundo del cine debemos de rendirle un homenaje por esto- Blasco fue de los primeros españoles que “entraron” de verdad en el cine con verdadera pasión: no sólo se limitó a decir que el cinematógrafo era algo maravilloso, sino que llegó a producir y a dirigir películas, e incluso a escribir guiones; aparte, claro, de esa otra vertiente suya como generador de las grandes producciones de Hollywood en su primera época de esplendor con el cine mudo, que se nutrió en gran parte de sus obras y de sus novelas.

 

Recordemos que todos los grandes actores de esa época participaron en películas basadas en libros de Blasco Ibáñez: Rodolfo Valentino, Greta Garbo, Tyrone Powell, etc., etc. Además, Blasco tiene un cuento titulado algo así como “La vieja y el cinematógrafo” -que, dicho sea de paso, no sé por qué no se ha llevado nunca a la pantalla- que es uno de los relatos más espléndidos que se puedan haber escrito en torno al fenómeno del cine porque, además de su hermoso argumento, ahí demuestra su amor y sus profundos conocimientos en torno al séptimo arte.


Podría transmitirles hoy muchas más cosas acerca del gran escritor y político valenciano pero creo que debo ir ya terminando, confesando una vez más mi admiración por este hombre que enriqueció mi juventud y que siempre he considerado necesario en mi vida. Quiero decirle también a Federico Utrera que ha escrito un magnífico libro y, además, creo que sólo él y el profesor Ynduráin se han atrevido felizmente a afirmar que, dentro de la Generación del 98, Blasco tuvo mucha más importancia que bastantes de los miembros que han hecho famoso a ese grupo literario, que, además, despreciaban al valenciano. Aún sigo sin comprender cómo los historiadores de la literatura no han situado a Blasco Ibáñez a la cabeza de los novelistas del 98 que, como tal Generación, pienso que es una farsa sin entidad propia, un invento casi de los mismos escritores. Pero en el caso de que se le otorgue a esa Generación una existencia y una entidad propias como grupo que estructuró todo lo sucedido en Cuba, la pérdida de las colonias y el afán regeneracionista, yo estoy convencido y sigo creyendo que sólo Blasco Ibáñez la podría representar completamente.