FEDERICO UTRERA. Gracias al poeta José Angel Valente descubrí uno de esos libros que te cambian la vida: “La Universidad española, ocaso y restauración”, de Alberto Jiménez Fraud, entonces director de la Residencia de Estudiantes y mecenas del poeta Juan Ramón Jiménez cuando la habitaban Lorca, Dalí y Buñuel, entre otros muchos genios del siglo pasado. Aquella “Residencia” no se diferenciaría mucho de lo que hoy pretende ser una universidad moderna: viajes al extranjero (“Erasmus”), conferencias de expertos, laboratorios tecnológicos, prácticas en empresas… Y el libro concluye: la transmisión del conocimiento se hace estéril si no cumple escrupulosamente 3 requisitos: teoría, ciencia y experiencia. Las universidades de todo el mundo son aptas en teoría y ciencia, pero fallan en experiencia porque la mayoría de sus profesores son hostiles al mundo laboral, ya que sus vidas se han consagrado al estudio, la investigación y la lectura. De ahí que en épocas de crisis, su hundimiento e ineficacia se haga más palpable y la fosa entre formación académica y habilidad profesional se abra bajo los pies de los estudiantes y graduados, dando lugar a altísimas tasas de paro juvenil o a parados de larga duración que no encuentran la manera de reciclarse o reinventarse. Es el mundo del siglo XXI que a causa de estas carencias ya estructurales se ha instalado para quedarse.

Playa Torregarcía, Cabo de Gata al fondo, (Navidad 2017)

A la ausencia de “experiencia” de la que hablaban Jiménez Fraud y Valente se une también un cambio de paradigma tecnológico, de esos que ocurren muy pocas veces en nuestro planeta (edad del hierro, imprenta, revolución industrial…). Vivimos tiempos parecidos al lejano Oeste donde al inmenso páramo digital que protagoniza la economía del siglo XXI han llegado los primeros colonos, que se han instalado sin más armas que la innovación y originalidad, no exentas de peligros y riesgos. De ahí que surgiera un género artístico (western) que marcó una época describiendo los numerosos sucesos que allí ocurrían según lo contaban sus protagonistas acorde a sus experiencias. Era algo parecido a lo que el crítico italiano de arte del siglo XVI, Giorgio Vasari, realizó en su célebre libro “Las vidas de los más excelentes pintores, escultores y arquitectos”, referencia mundial e intemporal en el sector artístico donde es conocido como las “Vidas” de Vasari. No se concebía una enseñanza de cualquier tipo si no se contrastaba con el ejemplo biográfico de su autor, su experiencia vital. Y por ahí pasaron los talleres y estudios de Leonardo, Miguel Angel, Rafael y tantos otros genios del “quattrocento” y “cinquecento”, libro que leyeron Velázquez y El Greco.

Por eso las biografías y los libros de memorias o entrevistas gozan de enorme popularidad en el sector editorial y es la razón de que se traduzcan en ventas perennes, contrastando con la caducidad de los “productos literarios” que apenas duran una estación en los plúteos de las librerías. Uno de ellos es “Al otro lado de Aqaba”, el volumen que reúne una “suite” con entrevistas realizadas por el periodista Alberto Gutiérrez y donde lo mismo encontramos al dramaturgo Albert Boadella, al escritor Sánchez Dragó o al diplomático Inocencio Arias, que a los periodistas Martínez Soler o Antonio Torres, al torero “Joselito”, al guitarrista “Tomatito” o al simpático presentador de televisión Juan y Medio.

Puerto de Aguadulce (Almería)

Todos ellos narran sus vidas con gracia e ingenio, ceden a la posteridad sus enseñanzas como si fueran inscripciones de una lápida que tarde o temprano caerá sobre sus cuerpos y los de otros. Alberto Gutiérrez trata de averiguar que ocurrió para que sus vidas tuvieran un halo de originalidad que no alcanzaron otras. La compilación es similar a la que que en los años ochenta y noventa del siglo pasado realizaron otros autores dando testimonio de los personajes más representativos de esas décadas (entonces Juan Goytisolo, el propio Valente, el fotógrafo Carlos Pérez Siquier o el pintor Jesús de Perceval, por poner algunos ejemplos emblemáticos). Ahora, este volumen da paso en este siglo XXI a nuevos personajes que, teniendo su origen, relación o simplemente siendo “aves de paso” en la provincia de Almería, se han convertido gracias a sus “experiencias”, en modelos dignos de ser mostrados.

Alberto Gutiérrez (R. Valero)

Surge así una nueva “raza” de emprendedores, vitalistas y tenaces descubridores de esta nueva modernidad que se levantan tras uno y mil tropiezos, héroes y heroínas que saben sacarle partido a ese amargo sabor de la derrota y que han puesto en pie un sueño que el propio Alberto Gutiérrez –podría ser otro de ellos– materializa “Al otro lado de Aqaba”. Allí evoca a “Lawrence de Arabia” y el cine rodado en Almería, que transformó a sus habitantes en beduinos de esta ciudad jordana, convirtiendo el pueblo de Tabernas en el desierto del Wadi Rum. El cineasta David Lean supo hacer del libro “Los siete pilares de la sabiduría” de T. E. Lawrence una épica y ya histórica película de con Peter O’Toole, Omar Sharif, Anthony Quinn, Sir Alec Guinness, Jack Hawkins, José Ferrer y Fernando Sancho, dandole a su vida aires de leyenda. Hoy Aqaba es una floreciente ciudad portuaria, la única salida al mar de Jordania a lo largo de 24 kilómetros y puerto en el Mar Rojo, pero para sus habitantes “Lawrence de Arabiahoy es un traidor y espía británico que no les trajo nada más que desgracias. Así se escribe la historia. Almería, por el contrario, lo reivindica en celuloide, y esa altura de miras y generosidad hacen que al final sea mejor la versión artística sublimada que el rudo y rústico original. Una vez más, lección de vida.

No sé realmente que pinto yo entre tantos próceres del presente y futuro siglo XXI, pero Alberto Gutiérrez decidió un día entrevistarme y más tarde incluirme entre ese medio centenar de personajes donde sobresalen jóvenes y valientes innovadores como Juan Martínez Barea, Juanjo Tara, Rafael Martos, Rebeca Minguela, Patricia Ortiz, Patricia Rosales, Juan Pablo Seijo, Adelina Salinas, Ignacio Medrano, Jesús Aceituno, Pilar Cosentino, Jesús Alcoba, José Fernández, Nacho Dean, Pablo Beltrán o Rodrigo Valero. Y con ellos, sabios experimentados como Agustín Melero, Alejandro Reyes, Beatrice Beckett, Dionisio Bisbal (boxeador y tío del cantante), Eduardo del Pino, Eduardo Fajardo, Lola Gómez Terrón… No sobra ninguno de los algo más de 50 elegidos porque ni uno solo va de postureo en lo que cuenta y así fue que el libro me enganchó por ello y me lo merendé en una sola tarde.

Cabo de Gata visto desde Aguadulce (Roquetas de Mar)

Ese mestizaje de juventud y veteranía (teoría, ciencia y experiencia), esconde el secreto de la alquimia que tantos frutos suele dar a lo largo de todas las épocas. Seguramente Alberto Gutiérrez se haya quedado corto en el número de sus entrevistas porque echo en falta al fotógrafo digital José María Mellado, el pintor Abraham La Calle, el director de cine Martín Cuenca, el diseñador gráfico Carlos Valera, el poeta Bretones o el pintor Ibáñez, pero en esto detrás de cada escritor hay una constelación diferente y cada uno tiene su propia “selección nacional” o su propia alineación de “figuras”. Y no son “figurones”, como se reía de ellos Miguel de Cervantes en uno de los jeroglíficos que ideó ese caballero de la triste figura que era el Quijote. Por eso “Al otro lado de Aqaba” posee un valor que no me ha pasado desapercibido: no se ha incluido ni un solo político. Solo por eso merece la pena leerse con ese gusto y placer que poseen las obras bien hechas, donde el humor no sobra gracias a los cómicos que también han puesto su grano de arena para edificar esa enorme y sólida construcción en piedra que se ve, como un cactus en el Cabo de Gata, allá lejano en el desierto, al otro lado de Aqaba